La cochera interactiva, disfruta de los recuerdos de este templo de la diversión.
Durante más de diez años, cada Nochevieja tenía el mismo destino: una cochera en Ponferrada.
No había entradas, ni listas, ni pulseras.
Solo una regla no escrita: cada uno traía lo suyo… y lo compartía todo: Botellas, pitillos y, sobre todo, ganas de empezar el año como si el mundo fuera nuestro.
Aquello no era una fiesta.
Era un ritual.
Había gente que venía todos los años y de todos lados…
y otros que aparecían sin que nadie supiera muy bien quiénes eran.
Pero daba igual, porque en esa cochera, durante unas horas, todo el mundo pertenecía.
A veces se acercaba la policía.
Miraban, preguntaban… pero no podían echarnos.
Y nosotros seguíamos, como si nada, como si aquello tuviera sus propias reglas.
Los vecinos ya lo sabían.
«No protestaban».
Al contrario… algunos bajaban, se tomaban una copa y se quedaban un rato.
Como si también entendieran que eso no era solo ruido.
Era algo más.
Las caras se repetían, las risas también.
Y, aunque cada año era distinto, había algo que nunca cambiaba: la sensación de que ese momento iba a durar para siempre.
Pero no.
Entonces llegó el COVID.
Y lo que ni el cansancio, ni el tiempo, ni la rutina pudieron romper… se apagó de golpe.
Sin despedidas.
Sin última canción.
Sin saber que aquella había sido la última vez.
Y ahora, cuando llega la Nochevieja, ya no es lo mismo.
De vez en cuando todavía se escucha:
“¿Oye… vas a hacer la fiesta de la cochera este año?”
Pero no sé…
es como si ya nos hubiéramos hecho mayores.
Como si, sin darnos cuenta, hubiéramos dejado de salir…
incluso en Nochevieja.
Porque lo que queda… no es la fiesta.
Es el recuerdo de lo que fuimos allí dentro.
